El banquete
La vida de los vampiros suele ser solitaria, somos una anomalía de la evolución. Un parásito que sólo genera desorden y entropía. Algunos nacemos así, bestias puras de alma corrupta, otros se transforman, eligen la oscuridad y el silencio de la noche.
Somos depredadores, a veces matamos a nuestras víctimas y otras veces sólo las debilitamos lo suficiente como para que deseen estar muertas. Nos movemos entre planos de existencia, entre la vida y la muerte pero sin ser de ninguno de ellos. Nuestra vida depende de la muerte de lo que nos rodea, si bien parecemos humanos no lo somos.
Nos diferencia la finitud, principalmente, y el apetito, nuestra sociedad es muy diferente. Vivimos alejados unos de otros porque nuestros egos bañados de sangre no nos permiten cosechar nuestro alimento sin que se evidencie el frenesí que nos embriaga al tener ese poder de decidir quién es comida y quién es competencia, quién es peligro para el anonimato y quien se vuelve asesino voraz de aquello que considera inferior.
Porque parecemos humanos pero no somos, se nos dificulta crear lazos con ellos y, también, con otros de nuestra especie. Como la mayor parte de nuestros deseos se expresan por la boca y el hambre, queremos canibalizar a otros vampiros, los verdaderamente inmortales son los que nacimos así, los convertidos son más frágiles. A veces, uno quiere poseer tanto al otro que la única forma de hacerlo es devorarlo y fusionarse con él.
Estamos malditos, al fin y al cabo; por eso, a pesar de ser criaturas hedonistas, las cosas placenteras nos terminan enfermando. Nos entregamos al placer hasta la angustia, la belleza nos termina trastornando, nuestra pasión degenera en odio.
Así terminamos alejándonos incluso de lo que nos gusta, porque si no queremos arruinarlo, es mejor mantener cierta distancia saludable. Pero el tiempo pasa lento y cuando el aburrimiento se asienta el deseo comienza a crepitar en nuestra mirada. Quizás es mejor destruirlo para , librarnos de la obsesión, quizás es mejor arrancar la flor y escupir a la belleza en su cara, porque el calor de un abrazo se extingue, las palabras dulces se vuelven ácidas, la noche indefectiblemente da paso a la resaca del amanecer.
Antes de que el tiempo se convirtiera en sucesión de horas, minutos y segundos, el tiempo era medido en eventos, en estaciones, en ciclos más amplios pero más significativos.
Mi nacimiento fue capricho de bestias demasiado antiguas que habían olvidado lo que se sentía que todo estuviera por ser descubierto, pensando en dejar un legado de tiempos que casi nadie recuerda, de costumbres que sólo tenían sentido en la sociedad que la inventó, fui creado como un puente sobre la corriente poderosa del tiempo.
Los vampiros de pura sangre maduramos mucho más lento que un humano, al cumplir cien años celebramos nuestro primer ritual de iniciación a la adultez. Debo confesar que viví muy protegido y aislado de lo humano, hasta el punto que se me hacían como animales mitológicos.
Antes de ese primer ritual el vampiro menor de edad se alimenta exclusivamente de la sangre de sus padres, recién completado el ritual de iniciación se permite ingerir sangre de otros vampiros o ir de cacería a los poblados humanos.
El ritual tiene varias etapas y entre ellas se encuentra la abstinencia de sangre y la meditación solitaria en una torre en medio de una montaña. Esa torre se encuentra en el límite del territorio de los vampiros, la meditación y el hambre permite al joven vampiro conectar con su naturaleza más primitiva y culmina con la primera caza.
No recuerdo mucho esa primera sangre extraña, escuché que nunca se olvida pero el tiempo para los vampiros puede jugar con la manera en que recordamos las cosas. Pero esa sensación de correr en la noche para buscar el latido que despierta nuestro primer gran apetito es en sí inolvidable.
Los vampiros tienen un pulso muy lento, nuestra temperatura es templada, sentir el calor escaldante de la sangre humana entrando a nuestro cuerpo frío causa un temblor que resulta estimulante, el olor es diferente y el sabor es exquisito.
Luego viene la novedad del poblado humano, descubrir sus costumbres similares pero a la vez tan diferentes a las nuestras, descubrir esa vitalidad que derrochan en sus cortas y violentas vidas, la ambición de sentirse relevantes, el conocimiento que comparten y atesoran.
Una de las cosas que me resultaron chocantes en esa primera inmersión hacia los humanos era que le daban mucha más importancia a los géneros secundarios que los vampiros, entendí que habían creado una sociedad con castas de alfas en la cima, betas en el medio y los omegas abajo.
Existían subdivisiones más sutiles entre alfas y omegas dependiendo si eran dominantes o recesivos, había un protocolo que seguir en temporada de celo, los omegas eran tratados como moneda de cambio para el movimiento social, existía todo un mercado de omegas deseables, algunos vendidos por sus propias familias para pagar deudas o traficados por matones en contra de su voluntad.
Siendo yo un omega me sentía extrañamente vulnerable en la sociedad humana a pesar de ser un depredador y de poder protegerme de las feromonas de alfas inescrupulosos o de traficantes.
De todas formas, ciertos encuentros con alfas humanos me crearon un prejuicio muy fuerte contra ellos. Aunque utilice a mi ventaja jugar al omega vulnerable para cazar alfas humanos, usaba el prejuicio de su sociedad como señuelo.
El último banquete
Fue una noche muy fría donde el calor de los humanos y sus feromonas me seducían que nuestros caminos se cruzaron. Reconocí las feromonas de un alfa dominante tratando de aprovecharse de un omega claramente intoxicado, experimentando quizás su primer celo, vulnerable y frágil frente a esa bestia perversa. Ninguno de los dos sintió a la bestia aún más perversa que los miraba de lejos, sin levantar sospecha me aproximé a ambos y olfatee al alfa con el hambre hincando sus garras en la boca de mi estómago.
El joven omega era bellísimo, parecía una de esas flores del desierto que florecen una vez en la vida por la noche, en secreto. Gemía y se retorcía bajo el influjo de las feromonas de dominación de este alfa tosco, bruto y poco agraciado. El omega notó mi presencia y pude ver el horror en el fondo de su mirada intoxicada, el alfa se percató entonces de mi presencia y se dio la vuelta para encararme 一¿Otro omega? Dos al precio de uno. Al parecer no perdí el toque…
No terminó de decir sus tonterías antes de que mis colmillos se clavaran en su garganta, el horror en la mirada del omega humano se profundizó, pero también había un dejo de gratitud, un grito se ahogó en su pecho mientras la luz en los ojos del alfa se iba apagando. Un pequeño chorro de sangre salpicó el rostro del omega, a todo esto nuestras miradas permanecieron clavadas como en un diálogo secreto que estaba despertando en mí deseos desconocidos hasta entonces.
Dejé caer el cuerpo frío del alfa sobre la calle de piedras aún más frías, pase por encima y tome cariñosamente la mejilla del omega que seguía en choque, lamí la sangre de su rostro, ese acto pareció sacarlo de su estupor, tragó saliva porque su garganta estaba seca, casi parecía haber dejado de respirar cuando el alfa hizo lo propio y me dijo con una voz suave: 一Te debo la vida. Es tuya para hacer con ella lo que creas necesario.
Hay muchas cosas que no recuerdo correctamente de esos tiempos, sobre cómo era la vida o las ciudades, los paisajes humanos cambian con una cadencia que nos hace olvidar detalles pero sí recuerdo que en ésta época sentir era tan sencillo como respirar, todo parecía tan nuevo y excitante, la vida dejó de ser así para mí hace por lo menos trescientos años, ahora siento lo que significa que no haya nada nuevo bajo el sol, tampoco hay nada nuevo en mi noche perpetua.

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