El verdadero problema con los recuerdos yace en lo fácil que es adulterarlos, además de que dependen de muchos factores externos e internos para fijarse, de las emociones de quien percibe los hechos, de la atención que puede ser puesta en el panorama general o ciertos detalles, en las necesidades, carencias, en experiencias previas, en los deseos y en si consideramos importante o no lo que sucede a nuestro alrededor pero también depende del mismo estímulo y si debe o no competir con un sinnúmero de otros estímulos.
Una
persona ensimismada no percibe el mundo de la misma manera que alguien que
tiene mayor interés en el mundo y las relaciones interpersonales, eso ya le
daba una clara desventaja a nuestro personaje principal. Su visión del mundo es
nuestra ventana pero la ventana es estrecha y no deja pasar mucha luz. Había
varias cosas que simplemente pasaban muy por debajo de su umbral o eran
imperceptibles por la fácil irritabilidad de su percepción.
Demasiado ruido no permitía que percibiera la sinfonía detrás, demasiada luz la cegaba, demasiado éxtasis sensorial la atontaba.
Así fue la primera vez que escuchó esa
música separada del resto de los ruidos molestos, parecía como si su piel misma
vibrara con esos sonidos, su propio espíritu parecía abandonar su cuerpo y
dejarla para ser pura emoción y sensaciones, respiración agitada, garganta seca
esperando beberse cada nota, cada arpegio como si la vida se agitara en
vibraciones que sólo ella podía saborear y la dejaran estacada en el pecho de
aquella persona a la que se le escapaba la música, única y preciosa, dulce pero
con alguna que otra nota amarga.
Esa
primera vida, penetrando en sus sentidos y llenándole como si nada más
existiera. La intensidad de una existencia comprimida en un momento, los eventos
más deliciosos y más agrios se deslizaban frente a sus sentidos.
El
primer aliento convertido en grito de vida fuera del calor del vientre de su
madre, el retorno al calor de los primeros abrazos, sentirse centro del
universo de alguien, la persona más importante, la primera envidia al descubrir
que debía compartir afecto con un hermano, los primeros conflictos, el primer
abandono. Ese que se enfrenta con un llanto a todo pulmón y le hace a uno
sentir que se volvió invisible y que las personas que amamos ya no pueden
vernos, ya nos vamos apagando y deslizando hacia el silencio.
Esas
emociones que inundaban sus sentidos por primera vez la sobrepasaron como si
fueran una avalancha feroz y repentina, arrebatadora, esa vida pasaba frente a
sus ojos pero la envolvía y le sacudía hasta el fondo de su espíritu, como si
por ese instante pudiera abandonarse y dejar de ser silencio para ser música,
agitación, desespero y grito.
Luego
de ese primer sabor musical una extraña necesidad de emoción nació en su
espíritu, una nueva posibilidad de lo real que hasta ese momento le escapaba.
Se
retiró de encima de aquél cuerpo joven y delicioso, con una nueva mirada y un
suspiro atravesado, una sombra lentamente alejándose de la luz, una capa oscura
que cubría una oscuridad aún más profunda.
“¿Qué... fue eso?”
“La
música del sueño. La vida y la muerte. Y los silencios.”
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