Perder el control no es una opción
Hay una bestia bajo mi piel que se excita con el olor a miedo, desea tanto liberarse pero es constantemente reprimida y controlada. Mi sangre tiembla en las venas, grita que quiere beberse tu sangre y tus miedos. Gime de dolor y placer, con un remordimiento enmascarado de arrogancia.
Ser beta es la máscara que uso para no sentirme esclavo de mis feromonas, de mi naturaleza animal irreductible, de todo aquello que no puedo controlar. Supresores y perfumes para ocultar el celo y las feromonas, las malditas feromonas. Así seré para siempre aquél dominante de hielo, sin grietas, templado al calor de mil infiernos.
Mi cuerpo es el infierno donde ardo en deseos que no son míos sino de la bestia que respira bajo la piel de mi nuca. La bestia que se embriagó del dolor ajeno, de la vergüenza y la rendición absoluta de ese otro omega que se somete a regañadientes. Fue así como se liberó, rompió las cadenas con las que mantengo la cordura, así fue como se desató la locura, como una explosión, desde el centro más oscuro y más negado. Con una sed de sangre tan obscena, mi piel se erizó como pequeñas fauces abriéndose al placer de la carne rompiéndose bajo mis colmillos, queriendo devorar todo a su paso, como lenguas saboreando la vida en la sangre, el placer en el miedo. Así, el dolor estridente de pronto se convirtió en orgasmo.
Mi boca parecía tener voluntad propia, no soy yo, es un apetito que me nubla el juicio y me desnuda ante un algo primitivo que se retuerce hasta la asfixia. Que muerde y que gruñe.
Falló el supresor, en el peor momento posible. Mi propia naturaleza se derrama irremediablemente en ese potente flujo de aromas y fluidos corporales. Me convertí en espectador de una tormenta, de un desastre natural. Cómo perro rabioso destrozando mi último resquicio de lo humano.
Cada vez peor, más voraz, como un demonio que ansía verme rendido y humillado. Esa bestia no soy yo pero toma partes de mi cuerpo para transformarse en sí misma, en una cosa que jamás seré yo. Es un ente que me va carcomiendo, que se alimenta de toda la basura que escondo en la oscuridad de mi alma, cada vez se hace más fuerte y cuando termine conmigo no quedará nada de lo que fui.
Fallo en el sistema
Desde que me presenté como omega tardíamente me sentí traicionado por mi biología. Viví la mayor parte de mi vida como un beta sin pena ni gloria, la mediocridad misma, pero un buen día empecé a percibir algo en el ambiente que me hacía sentir incómodo primero, luego vulnerable y finalmente enfermo.
Fue luego de mi terrible primer celo que descubrí la peligrosa realidad de existir en el mundo como un omega. Recuerdo que era verano, el calor mezclado con la humedad y la basura de la ciudad hacía que pareciera que el mundo se estaba pudriendo lentamente. No había flores, el calor derritió las pocas que surgieron en primavera.
Yo estaba empezando la universidad, tenía una extraña sensación de que las cosas irían a funcionar, esa esperanza que uno siente cuando empiezan nuevos ciclos, mi mundo que era muy limitado comenzó a expandirse, empecé a salir más y conocer gente, todo era muy estimulante.
Mis días se dividían entre la facultad, un trabajo de medio tiempo y alguna que otra fiesta de integración estudiantil. Me sentía diminuto en ese mundo que se expandía con cada paso que daba, algunas veces esa inmensidad parecía abrumadora y me aislaba.
Empecé la universidad un poco más tarde de lo usual por problemas económicos y personales, de manera que esa sensación de ser de otra generación me acompañaba y no logré congeniar bien con el espíritu joven y jovial de las otras personas en mi curso pero había compañeros de cursos superiores con los que tenía un trato más ameno y cordial.
Recuerdo que estaba un poco ebrio, luego de unos exámenes que me estaban costando mi salud física y mental, sentía el peso del cansancio crónico, de la mala alimentación y de noches en vela pasándome factura. Necesitaba un momento para liberar mi tensión acumulada y había aceptado una salida con compañeros de la facultad que tenían la misma intención post examen.
Estábamos bebiendo y quizás por mi cansancio acumulado el alcohol se me subió con bastante rapidez. Me sentía algo afiebrado, mi rostro colorado, mi mente algo nebulosa, hace tiempo sentía como si me fuera a engripar pero nunca me terminaba de enfermar, cada tanto tenía episodios de migraña, escalofríos y mi atención cada vez más dispersa. Claramente al borde del burn out en mi opinión pero era algo más, mi primer ciclo de celo. Como hasta ese momento de mi vida había vivido como un beta del montón, la idea de presentar otro género secundario no pasó por mi cabeza. Ya estaba lejos de la pubertad, eso estaba totalmente fuera de discusión para mí. Entre el olor leve a podredumbre tibia se empezó a colar un aroma delicioso y embriagante, se volvió tan intenso que mi estómago se revolvía, la verdad es que estaba rodeado de alfas, nunca antes había sido un problema entonces escapó mi radar.
Me levanté de mi asiento con cierta dificultad, me disculpé y fui lentamente al baño. Me miré por unos minutos en el espejo y mi mirada se perdía a ratos, mi cara estaba muy roja y sentía el calor moverse por mi cuerpo. Me eché agua en la cara y el cuello, de repente sentí ganas de vomitar y luego de hacer lo propio me volví a lavar el rostro y la boca.
Un compañero apareció en el baño preocupado por mi larga ausencia, me preguntó si necesitaba ayuda y a pesar de haberme negado, me dijo que no me veía bien y dijo que me acompañaría a tomar un taxi. Me sentía un poco vulnerable y confié en sus buenas intenciones pero no medí el peligro ni intuí sus malas intenciones.
No estaba al tanto de que el malestar que estaba sintiendo era debido a que empecé un ciclo de celo y él era capaz de oler mis feromonas, con excusas me llevó a un sucio callejón oscuro y debido a mi estado no pude resistir a sus avances, me besó mientras sus manos iban reptando bajo mi ropa, escuchaba desde lejos su voz diciendo que no era su culpa, que no podía resistirse al aroma intoxicante de mis feromonas, que yo ya era muy grande como para andarlas regando como si fuera una perra en celo, buscando cualquier falo que llene mi agujero.
Mi mente confusa no lograba dar sentido a sus palabras, porque un alfa le diría eso a un beta indefenso en su borrachera, en ese momento creí que había perdido la cabeza pero cuando su mano se metió entre mis piernas noté que estaba muy mojado, recuerdo un dolor agudo y mi mente simplemente decidió borrar el resto.
Cobré conciencia un par de horas después y me fui corriendo de aquél lugar, me pasé toda esa semana muy enfermo, con mucha fiebre, náuseas y vómito. Sentía vergüenza de lo sucedido de haber sido tan estúpido en confiar en aquél alfa. Cuando finalmente fui al médico me confirmaron que mi género secundario era omega, esas palabras resonaron como un golpe en mis oídos, omega recesivo, de despertar tardío. Como si eso no fuera suficientemente horrible el doctor me confirmó luego de otros exámenes que cursaba un embarazo de mes y medio.
Todo mi mundo se derrumbó frente a mis ojos en ese instante maldito, ya no volví a la facultad, no sabía qué hacer y no quise confrontar al alfa que me había abusado, en un mundo dominado por alfas, donde la palabra de un omega no tenía el mismo peso, nadie me ayudaría. Además, estaba solo en aquella ciudad, sin conocidos ni nadie que pudiera aconsejarme o darme contención emocional, tuve un brote por falta de sueño y alimentación, me internaron en un hospital y cuando di a luz me desentendí de aquella criatura que a mi parecer era un parásito que me había succionado vida y que se alimentó de mí en mi peor momento, un recuerdo de aquella noche fatídica, algo que definitivamente quería olvidar.
Librarnos uno del otro nos daría la oportunidad de un nuevo comienzo sin las ataduras a un pasado tumultuoso. La ignorancia y el olvido trae paz a los oprimidos. Esa parte de mi vida sería recordada como un mal sueño, un mal sueño que me brindó un aprendizaje que necesitaría para esta nueva vida que iniciaba como omega, en otra ciudad, incluso cambié mi nombre legalmente y cree el sistema que me permitió ocultar ese momento denso en el que me permití ser frágil, ser humano, ahora ya no sería ni inocente ni vulnerable, recuperé el control de mi vida y volví a ser un beta pero esta vez ya no uno mediocre y estúpido.
Ahora era un beta capaz de cumplir las fantasías de otros sin jamás comprometer su integridad. Ya no podía permitirme ir sin rumbo por la vida, ahora tenía sentido, el sentido era jamás volver a permitir ser un fallo del sistema. Jamás dejarse llevar por la emotividad o el vaivén de las feromonas, ni de los estereotipos o deseos de los alfas. Mi misión era castigar a quienes deseaban ser vulnerables, a quienes obtenían placer donde yo solo sentí dolor, humillación y desprecio.