⎯¿Qué aroma es ese? Tenue almizcle exótico, como si estuviera perdido en un bosque y de pronto el incienso y sándalo me sumergieran en un estado meditativo, hay algo extraño que va más allá del olfato, algo que eriza mi piel. Una vibra extraña en el ambiente.
En el pasillo iluminado pobremente un olor se expandía con suavidad y persistencia. Puertas que conducen a infiernos y paraísos. Se escapan gritos, clamores y ruegos. Entre sonidos y aromas lascivos, cigarrillos y alcohol, sangre y semen, cloro y amoniaco. Desde la puerta al final del pasillo, la número ocho se escapaba esa inquietante mezcla de olores.
Para alfas y omegas el olfato es una manera de comunicación primordial. Esto era claramente las feromonas de un omega pero estaban disfrazadas. Y no cualquiera podría reconocerla.
⎯Si no fuera por mi olfato agudo me sería imposible percibir esto. Cuanto más me acerco al último cuarto más se me eriza la piel y me cosquillea la nariz.
Se podía escuchar desde adentro un jadeo apagado, seguramente del sumiso, y una voz grave diciendo, no, susurrando: ⎯Inhala. Exhala. Lo estas haciendo muy bien.
La voz calma de quien sabe que tiene todo bajo control, sin excitación, sin prisa, suave e íntima. Húmeda y tan profunda que podría enloquecer a cualquiera.
⎯Quiero que sientas como cada uno de tus poros besa el instrumento que inflige dolor a su cuerpo. ¿Cómo se siente cuando baja desde tu cuello a tu espalda? ¿Y cuando llega a tu cintura? ¿Cuándo se desliza por la raja y estalla en la piel fina de tus muslos? Quisiera que pudieras ver las flores que se abren en cada beso.
Estallidos de un látigo, jadeos cada vez más desesperados, gritos ahogados. La imagen obscena que se desarrollaba en el cuarto al final del pasillo, el número ocho, se le hacía muy nítida pero había algo inquietante, algo que tenía que ver con esas feromonas pero no eran las feromonas.
No se vieron, prefirió prolongar esa incertidumbre, ¿cómo luciría la persona detrás de esa puerta? ¿Sería intimidante o sensual? ¿Sería alto y fornido o más bien pequeño y de apariencia inocente?
Se dirigió lento al frente del establecimiento donde estaba la recepcionista.
⎯¿Quién es el dominante de la habitación ocho? Escuché desde afuera y el sumiso sonaba muy complacido. Necesito su contacto, agendar una sesión, algo.
⎯Es nuevo pero tiene agendado hasta tres meses. La gente sale muy complacida de sus sesiones. Dicen que es intenso pero él es muy bueno haciendo after care.
⎯No importa esperar. Tengo todo el tiempo del mundo. Ya sabés lo que dicen… las cosas buenas se hacen esperar.
Definitivamente, valdría la pena esperar por alguien que, sin siquiera verlo, es capaz de hacer que su piel se erice.
La negociación
Antes de la sesión se realiza una entrevista para establecer límites y dejar bien claras las reglas básicas. La idea es comprobar la compatibilidad y ambas personas fijan acuerdos que permiten que la experiencia sea placentera y satisfactoria para ambas partes.
Anochecer. La luz se cuela por los grandes ventanales donde pesadas cortinas bordó cuelgan creando una penumbra que invita a relajarse. Había humo de incienso y tabaco robando algo de oxígeno en la habitación. La atmósfera era intoxicante. Ese aroma sutil casi tímido se esparce y lo rodea todo. Feromonas de omega.
En un gran sillón está sentado un chico de apariencia más bien normal, no era particularmente hermoso, era evidente que pasaba tiempo en el gym, que cuidaba su apariencia pero resultaba más bien básico. Un pantalón y camisa ambos de color negro. Su pelo rebelde y con tonos azulados. La nariz algo grande donde cuelga un septum. Los labios pequeños pero carnosos con dos piercings uno a cada lado estilo snake bite.
Frente a él sobre una mesita un documento, el formulario que debía rellenar sobre preferencias y límites. Con una mano empuja el papel hacia el recién llegado.
⎯Necesitamos discutir los límites.
Su voz es calma y bien modulada.
⎯Experimenté mucho más que el promedio. Mi umbral de dolor es muy alto. Podría decirse que no tengo un límite que puedas alcanzar.
Se sienta frente al dominante y toma un birome para ir contestando el cuestionario.
⎯Sumiso insumiso. Marca la casilla que dice brat por favor.
Se inclina hacia adelante para estudiar de cerca las micro expresiones del dom.
⎯Me gusta el edge play, ¿hay una casilla para eso?
⎯En la segunda página se encuentran las especificaciones para edge play.
⎯Me interesa particularmente todo lo que involucra sangre.
El dom tiene una expresión impasible, no muestra nada, pareciera una negociación compra-venta de cualquier cacharro y no una sesión de sado.
⎯El blood play requiere precauciones adicionales. Pruebas recientes de ITS, consideraciones de higiene, instrumentos estériles, etc.
⎯No tengo problemas con eso.
⎯De cualquier forma debemos utilizar un instrumento de verificación verbal y de ser posible un gesto. Por el momento, podríamos usar el sistema del semáforo. Verde para continuar, amarillo para disminuir la intensidad, rojo para detener completamente. ¿Entendido?
⎯No creo que puedas si quiera hacerme llegar al amarillo.
⎯Coquetear con los límites es una parte principal de la experiencia. Quizás aún no los conoces pero todos definitivamente los tenemos.
⎯Llevo siglos buscando sentir de nuevo. La anhedonia hace que mi vida se sienta eterna.
⎯¿Diagnosticada o…?
⎯Hice psicoterapia pero no sirvió de mucho. Ahora estoy probando medios alternativos. Escuche que tus sesiones son satisfacción garantizada. Me pregunto si hay algo en tu técnica que la haga infalible.
⎯Cada dominante tiene su estilo. Yo me enfoco en lo sensorial y psicológico, no en lo sexual.
⎯Lo sexual está sobrevaluado. Lo importante es la experiencia. Que el dolor o el placer se desplace y reclame todo el cuerpo.
⎯La sesión empieza con ciertas cosas básicas que se usarán para calibrar la experiencia según tu umbral.
⎯¿Eso también te servirá para calibrar el tuyo? ¿Te interesa coquetear con tus límites como dominante? ¿Los conoces?
⎯Es irrelevante. No necesitás saberlo para alcanzar satisfacción.
Había un muro extraño entre ambos que parecía infranqueable. El sumiso insumiso se pasó desafiando al dominante tsundere, con poco éxito en la obtención de reacciones de su parte. Comedido en extremo, incluso su pulso parecía controlado, ese nivel de control resulta sospechoso. El insumiso desea provocar un poco más al dominante.
Se levantan ambos, se empiezan a despedir, el dominante hace un ademán indicando la puerta y ambos se dirigen a ella. Como un caballero, abre la puerta y se despide con una reverencia.
⎯Por cierto, olvide mencionar… tengo una preferencia que no aparece en el cuestionario⎯ inhala un poco de aire como husmeando de forma sutil ⎯Soy un omega al que le atraen particularmente los omegas.
⎯Si esa es una conditio sine qua non creo que sería mejor que busque entre otros dominantes disponibles. Mi género secundario… Yo soy beta.
El insumiso lo evaluó rápido, algo confundido por el aroma que para él era indiscutible, feromonas de omega. El dominante no era un adolescente como para no haber desarrollado del todo o desconocer su género secundario. Quizás, ni siquiera él lo sabía. ¿Podría ser un omega recesivo mal diagnosticado como beta por producir poca feromona?
⎯Una preferencia no es una necesidad. Beta, omega, alfa... las etiquetas biológicas son tan limitantes, ¿no crees? Lo que realmente importa es la conexión.
⎯Las conexiones no están incluídas en el paquete. Yo ofrezco experiencias sensoriales. Limitadas a un espacio y tiempo. Si lo que buscas es conexión, no soy lo que buscas.
⎯¿Y no es el control la forma más profunda de conexión? Tener la vida de alguien en tus manos, de manera literal, llevarla al límite entre dolor y éxtasis. Una intimidad profunda en que uno se vuelve espejo del otro y viceversa. Dicen que tus sesiones son una experiencia religiosa. Yo tengo ganas de conocer a dios… y al demonio.
Primera sesión
El sumiso entra en la habitación donde acordaron el encuentro, hay un círculo de doce velas negras dispuesto en la habitación en penumbra, las paredes parecieran tapizadas con terciopelo, el aroma a incienso envuelve la escena con una densa atmósfera de misterio, de ritual, como si el sumiso estuviera en un altar de sacrificio.
Se ven algunos elementos de tortura dispuestos sobre una mesa, cuerdas de seda negra y roja, pinzas, diferentes tipos de látigos, navajas de diferentes tamaños, botellas con líquidos untuosos, todo ordenado con precisión quirúrgica.
Se dirige en silencio hacia un sillón de cuero donde el sumiso va colocando la ropa de la que se va despojando, sus expectativas van en aumento. Se saca y dobla escrupulosamente una camisa de seda roja, en su espalda se observan cicatrices viejas, su piel es pálida y parece traslúcida, sus venas parecen relucir de manera sutil, se saca las botas de cuero negro, los pantalones. No está seguro de lo que va a suceder pero se siente la tensión aumentando con cada prenda que se saca. La incertidumbre es estimulante.
Habían acordado que la sesión empieza cuando el dominante le coloca unas vendas en los ojos, los otros sentidos se potencian cuando se pierde el estímulo visual.
Cada cambio en el ambiente le eriza los pelos, el aroma a incienso, leves corrientes de aire, los sonidos de pasos acercándose le causan una sensación de leve intoxicación. Ya desnudo se arrodilló en el círculo de velas, su cuerpo se siente caliente en contraste con el piso frío, está de espaldas a la puerta, los pasos suaves del dominante se detienen del otro lado, mirá hacia atrás expectante pero se apresura a desviar la mirada cuando escucha el cerrojo. La puerta se abre.
El dominante entra a la habitación con paso leve, parece una sombra deslizándose en la penumbra, con una capa negra, la capucha le cubre el rostro, en su mano una venda de satén negro.
Llega hasta el círculo de velas desde atrás, a espaldas del sumiso y mientras coloca la venda en sus ojos confirma: La sesión empieza ahora. ¿Verde?
El sumiso responde con una voz suave: Verde.
Unos dedos fríos le rozan la piel del rostro, la luz ya no le llega a los ojos, sus otros sentidos se amplifican, puede escuchar el fuego de las velas crepitar, la cera resbalando, su respiración se va agitando, su corazón se acelera, el aroma del incienso se mezcla con el sutil aroma de las feromonas.
La sesión inicia, el dominante pareciera susurrar un encantamiento, la voz va subiendo de volumen, cada vez más gutural, como de ultratumba.
Un dedo frío le recorre la espalda seguido por un chorro de cera caliente. Otro dedo frío baja por su pecho y luego otro chorro de cera caliente. Lo mismo se repite en cada uno de sus brazos.
Las velas parecían marcar una suerte de geografía oculta que el dominante consiguió develar en el cuerpo del sumiso. La presión de una mano tomando su mentón, ladeando su cabeza y con un susurro cerca del oído advierte: 一La desnudez del cuerpo precede a la desnudez del alma. Bajo la mirada de los dioses desfilan miedos y pecados; ante la vida, incertidumbres; ante la muerte, puertas cerradas como cajones.
Sus palabras sonaron a augurio. El placer que se imprime en el cuerpo colándose al alma. Allí donde me afirma me desviste de certezas. Cada frase inaugura un mundo.
La cera dura en los hombros antecede a la ceremonia del bondage. Las manos frías van guiando los miembros, la cera es una estructura que con un poco de movimiento revela sus grietas.
一Conozco a los de tu tipo, usan el hastío como escudo ante la intensidad, ya lo han visto todo, nada sorprende, aburrimiento, hastío, entumecimiento.
La voz del dominante retumba de un lado a otro como si viniera de los cuatro puntos cardinales. Profundizando en la sensación de confusión.
Sentía como si tuviera que defenderse de acusaciones que no se terminaban de esclarecer. Un estrado donde te condenan primero y escuchan súplicas después.
Las frías manos del dominante iban rozando su piel tibia, sus brazos, las fibras de la cuerda pican al deslizarse y anudarse. Rápidamente, ya tenía los brazos inmovilizados. Intentó adivinar el tipo de atadura, probablemente una libélula.
一Serías capaz de matar a un hombre si de eso pudieras extraer un gramo de emoción. Si tan solo pudieras revolcarte en la culpa hasta el final pero no hay remordimiento válido cuando la necesidad apremia.
Un dedo resbala por su cuello rascando el nudo ardiente en su garganta.
一Eso no te impide buscar redención, no, más bien castigo. Como si el dolor fuera capaz de aliviar ese nudo que asfixia tu pecho.
Los brazos atados muy juntos a su espalda le impedían encorvarse, forzando una pose como de orgullo, pecho erguido y cabeza en alto.
一¿Verde?
一¡Verde!
一Entonces, repite después de mí: Yo, sumiso insumiso soy merecedor de un castigo por los pecados de avaricia y vanidad.
Cuando intentó sacar unas palabras sintió la garganta seca, su voz le falló.
一Muy lento.
El dominante asestó un latigazo que estalló en la zona alta de sus muslos. La piel enrojecida fulgurando, la sangre respondiendo al llamado del dolor.
Tragó saliva y soltó: 一Yo, sumiso insumiso soy merecedor de un castigo por los pecados de avaricia y vanidad.
Su voz ronca se hizo más profunda. Repitiendo con obediencia lo que el dominante le dicta.
一Yo confieso… He pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Otro latigazo.
一Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.
Su voz casi excitada como gritos ahogados buscando la orilla en un mar de oscuridad. Los latigazos se alternaban entre sus muslos y piernas.
一¿Crees que el dolor logrará redimirte? ¿No es acaso tu hastío el verdadero castigo? Hartazgo de todo. Principalmente de tí mismo. Dices que no sientes pero no es verdad. En realidad, perdiste el sentido de las cosas. Ya no distingues amor de dolor. La lealtad se hizo indisociable de la traición. ¿Hueles tu miedo? Ahora es anticipación. ¿Hueles el fuego, tu sudor? ¿Hueles la sangre derramada que ahora llamas venganza?
一No, amo. son muchas cosas. No logro distinguir bien los aromas.
一Desde ahora tus palabras ya no importan. Solo respondiste vagamente una de todas las preguntas. Desde ahora solo puedes decir “Sí, amo” y “No, amo” y las palabras que yo desee que repitas.
Sus piernas ya estaban entumecidas, el dolor se alejaba, su consciencia flotaba como fantasma en algún lugar encima de su cuerpo. Sus brazos inmovilizados en la espalda, de rodillas, desnudo y ciego. Ya sin voluntad. Sin oposición posible. Listo para ser ofrenda y sacrificio.
Sintió algo frío y filoso recorriendo la forma de su cuerpo. Presionando un poco más en algunos sitios específicos, como donde cayeron los latigazos o en las sangraduras de los brazos.
El sumiso no se había percatado que el lugar donde estaba arrodillado era una plataforma, su sangre corría lenta y sensual desde las punciones hacia abajo, juntándose en unas hendiduras que decantan en un copón.
El dominante se pinchó también y dejó caer una única gota en aquél cáliz. en ese momento, los sentidos agudos del vampiro se crisparon, el olor a sangre despertó su apetito primordial pero por algún motivo no podía moverse, ni hablar, ni respirar demasiado fuerte sin permiso.
En su mente brillaba una única luz roja. La incertidumbre se había transformado en peligro.
一Este es mi cuerpo, tomad y comed. Esta es mi sangre, tomad y bebed.
Mientras la figura encapuchada del dominante sostiene el cáliz en alto, el sumiso rompió sus ataduras, abalanzándose sobre su amo gritando: 一Sí, amo.
一La sangre derramada por muchos para el perdón de los pecados…
La copa se derrama sobre sus cuerpos. El vampiro sumiso insumiso se dejó llevar por las palabras de su amo, que interpretó a su antojo cuando su cerebro reptiliano ya no soportó el olor a sangre seduciendo sus apetitos más oscuros. Mordió su cuello con pasión pero sin beber mucho.
Ambos bañados en sangre tibia, el vampiro lame y muerde como animal desesperado contenido por un hilo final de cordura. Pero el cuerpo del amo ya no estaba frío como hasta hace poco. En su delirio, sintió como el amo devolvía las mordidas y lengüetazos.
Percibió el olor no tan sutil de feromonas de omega, rezumando del cuerpo afiebrado del amo. Feromonas de omega en celo.